jueves, 12 de enero de 2017

(intruso)

De encuentros casuales.


Hablar de él es muy reciente. Me duele pensar que no está mas, en territorio nacional, me hace sentir extraña y ridículamente nostálgica y sola.

En el momento en que me dijo que estaba sentado en el avión esperando el despegue, mi corazón se comprimió brutalmente, asustado... luego lo imaginé a mi lado "no seas tonta mujer, cuanto drama... ni que estuviera muerto". Sentí las pulsaciones de su corazón en mis dedos.

Es del tipo de hombres que te abrazan la vida. Si es que por tipología se pueden definir, porque con la cantidad de hombres que he estado (tampoco demasiados), puedo contar con una sola mano (sobrandome dedos) a aquellos que me abrazaron lejanamente similar.

Es alto, muy delgado, pero definido. Orgulloso, carismático y conversador. Tiene una sonrisa amplia y suelta, la sonrisa más hermosa que he visto. Sonríe y el mundo parece brillar junto con él, todo pierde peso y valor, me cuelgo a su sonrisa de menguante, me enamoro. Y se que yo me enamoro con gran facilidad, pero si meses atrás, me hubiesen dado a elegir un hombre, no habría elegido. Ahora, lo elegiría a él, sin titubear. As

La madrugada de anteayer, acostados uno junto al otro, desnudos, observábamos el techo. De pronto, se escuchó una ambulancia en la lejanía, podíamos escuchar la sirena con claridad. Se giró y me preguntó:

- ¿Qué crees que haya pasado?...
- ...Debe haber sido un paro cardíaco, de un ancianito... - giré mi vista hacia él, él miraba el techo llevándose la mano al pecho.

- ...¿Sabes que la gente se equivoca cuando se busca el corazón?... Está en la caja torácica, hacia el centro, debajo del pecho.

Su mano recorría su pecho desnudo, sin afeitar (desde el primer momento le confesé que me encanta su vello corporal natural, que no lo afeite), hasta posarse por debajo de su pecho. Pronto se inclinó hacia mí, incorporando su cuerpo de medio lado...

- ¿Puedo sentir tu corazón?

Asentí, y llevó lentamente su enorme mano a mi pecho desnudo. La deslizó con delicadeza sobre mi pecho, cerca de mi cuello, extendiéndola casi por completo logrando cubrir todo mi pecho, separó su pulgar del índice (como formando una mariposa), y suavemente rodeo con su palma mi seno izquierdo... su mano se cerró. Acariciando mi seno con sutileza, mi respiración se aceleró en silencio, y lentamente mis pezones volvieron a estar firmes. Su mano lo supo, y también los acarició... descendiendo por debajo, encajando mi seno entre sus dedos mariposa...

- Qué suave es tu palpitación... - me dijo casi en un susurro

Alzó su mano derecha, llevándola hacia mí y me pidió que buscará su pulso. Lentamente guío a mi mano con sus dedos hacia su muñeca... hasta que mis yemas se posaron a un costado, pude sentir entonces unos suaves brinquitos en mis dedos... Se quedó en silencio, alternando nuestras miradas.

- ...Qué frágil es la vida... - le dije apartando mis manos de su cuerpo

Y lo dejé jugar un rato más con mi cuerpo. Sus manos grandes quedaron grabadas sobre mi piel, en mis hombros, en mi cuello, sobre mi espalda... en mis caderas y cintura. Hasta que la madrugada nos exigió la cruel despedida.

Debió tomar una ducha con agua fría (lo cuál detesta), lo que apagó ese tarareo que emite mientras se baña. De un brinco volvió a la habitación, le acerqué una toalla. Era mi turno.

Me vestí frente a él, que aunque finge no ver, lo hace. Y con su enorme sonrisa se levantó de la cama y caminó hacia mi "no encuentro mi camisa...", la levanté del sofá y se la entregué. Me puse el jeans, tan pronto lo abroché, me rodeo con sus brazos acercando sus cálidos labios, pero sin besar...

- ¿A qué lugar más feo me trajiste, mujer? - riendo.

miércoles, 11 de enero de 2017

(él)

Cuando miro en tus pupilas sé, que Dios no dejó de existir (...)


Me dejas una colección de recuerdos: la redondez de tus labios, el olor de tu pelo, el color de tu piel...

miércoles, 28 de diciembre de 2016

(intruso)

Tiene 27, pero su rostro pinta de 23. 


Alto, atlético, ojos oscuros y una sonrisa preciosa (por Dios, juro que me haría una vida dentro de esa sonrisa). Nació acá pero vive en Argentina. Me invitó a quedar en su casa, una madrugada de diciembre, en vísperas de noche buena.

Tan perfecto como lo imaginé, un poco más delgado y más joven (no todo es como lo vemos al primer hervor). Un caballero por completo, sencillo y alegre, me sirvió algo de beber y comenzó una madrugada de confesiones y tonterías. Entre risas me enseñó a oler un buen vodka, y entre tragos me fue narrando sus anécdotas de una adolescencia rebelde y desatendida.

Cayó el amanecer sobre nuestro horizonte, avanzamos hacia el jardín. Rodeó mi cintura por detrás con sus brazos sujetándome en un fuerte abrazo, acomodando su cabeza sobre mi hombro. Era tan alto, tan joven. Y susurrando a mi oído me hizo girar muy despacio entre sus brazos "te podés quedar..." un beso furioso nació en su boca, obsequiando un mordisco tremendamente erótico a mis labios. Sucumbí entre sus brazos. Y mis manos lentamente se deslizaron hasta encontrar su rostro y recorrer su cuello. Sus manos se perdieron entre mi cabello, descubriendo mi espalda, volvió a fundirme entre sus brazos con una fuerza brutal y sensual, hasta posar sus manos sobre mis caderas, más abajo. Reinventando aquel primer beso, mordía mis labios, los besaba, los lamía y volvía a empezar.

Me empujó lentamente por el corredor y la sala, con su cabeza sobre mi hombro izquierdo, y sus brazos rodeando mi cuerpo ansioso, "adivina cual es mi habitación...", le contesté con una sonrisa tomándolo de la mano encaminandolo hacia la última habitación del corredor, "es la más vacía y la más ordenada, porque ya no vives aquí..." Entre risas se tiró sobre la enorme cama, buscando mi mano para llevarme cerca de él. Lo vi, ahí mismo, la esplendida sonrisa que deseé desde el primer momento en que lo vi (sin conocerlo siquiera), y poco a poco me acomodé sobre su cuerpo, tal como él me lo pedía. Me lo comí beso a beso, a mordiscos lentos, fuertes y suaves, embistiéndolo entre mis piernas, él sonriendo se apartaba mi cabello del rostro.

Me desnudó de inmediato, pero con arte y paciencia, me besó por completo, acariciando a lo largo y ancho las curvas de mi cuerpo, redibujando mi anatomía entre sus manos, con sus yemas, como si me pintará paisajes en la piel. Me colocó a un lado de su cuerpo, su pecho desnudo, tibio, varonil y delgado, y llevó su mano lentamente hacia mi sexo. Entre un húmedo y prolongado beso, comenzó suavemente a masturbarme, con delicia, con romanticismo, tanto que olvidé su cuerpo y el mío. Me enganché a su cuello, tan pequeña, y acurruqué mi cabeza sobre su hombro en un prolongado gemir, su mano penetró entre mis piernas, mientras con su otro brazo me rodeaba la cintura para mantenerme cerca de su cuerpo. Sentí como corrieron sus dedos por mi instinto, y sentí como mojaba sus sentidos,  volvió a besarme con alevosía. Se giró despacio, acomodándose con calma entre mis piernas, dejando venir su peso sobre mi cuerpo "suave... suave" le pedí entre gemidos intermitentes, "lo se... me lo has dicho siete veces ya, mujer..." me contestó con esa sonrisa que adoro, mirándome fijamente a los ojos, sonrisa que aprovechó para enlazar su sexo al mío.

Y sentí llegar su calor, un suave ardor que pronto encendió como minas las profundidades de mi cuerpo, despertó a la mujer, a la fiera hambrienta de su sexo, y fue aquel fuerte gemido el que le exigió más una y otra vez. Mis manos buscaron sus muslos, presionándolo hacía mi... y su grosor quedó empapando las paredes internas de mi ser. Me llevó al borde de su cama, y me giró con un sólo movimiento "finalmente... el famoso tatuaje"... haciendo referencia a la mándala celta dibujada en mi espalda. Se vino su embestida, suave pero certera, y cayó rendido sobre mi espalda, penetrando con fuerza, los gemidos escaparon inevitablemente de mis labios. Volvió a girarme, y con un beso apasionado me levantó entre sus brazos.

Parecía interminable, tanto placer. Y mi pensamiento se tornó hacia un sólo pensamiento "el mejor amante que he tenido en mi vida... el mejor". Se tendió sobre la cama y volvió a pedirme que montará sobre su cuerpo, entre húmedos besos, el respondía con ardor entre mis piernas, sujetándome con fuerza entre sus brazos, "puta sonrisa, como me encanta..." le confesé nuevamente entre gemidos... él apartó con delicadeza mi cabello contestando "dame de tu magia, mujer... haceme terminar"... Y juntos nos deslizamos sobre un prolongado beso que culminó en un grito de conquista, entre mis piernas sentí correr su valor. Cálido. Delicioso.

Aún siento las yemas de sus dedos acariciando mis muslos, haciendo amplios círculos, acariciando. Mis labios se posaron en sus hombros, en besos cortos... buscando morir en sus labios al finalizar.

No brincó de la cama. Recogió mi ropa y la acomodó sobre su buró, me preparó un rincón de su cama, una vez nos aseamos las ganas. Me acurruque a su lado intentando disimular mi inseguridad en timidez, y nuevamente me desnudo el alma, cuando me acercó a su cuerpo dejando caer su brazo sobre mi cuerpo... "que descanses, mujer..."

viernes, 18 de noviembre de 2016

Chapín

Hipnóticos ojos, 
de beta verde, amarilla raíz.
Hipnóticas mejillas,
tonalidades rosa en tu piel.
Hipnótica sonrisa,
contagiosa, desde las tripas.
Hipnóticos labios,
préstame la lengua que los humecta.
Hipnótica quijada,
tiene el ancho que indica virilidad. 
Hipnóticos brazos,
vistos por detrás, torneados.

Hipnótica mirada,
ingenua, sincera... inspira bondad.

Hipnótico acento,
aunque no entienda la mitad de lo que decís.
Hipnótico vos,
chapín.

lunes, 7 de noviembre de 2016

(conversaciones)

con Aquel que vino del mar.

- Construirán un pozo de los deseos, ¡qué falso!
- ¡Chivo! llevaré lista mi cora...
- ...¿Y qué vas a pedir?
- Un hombro derecho nuevo, creo que este ya no sirve de mucho...


domingo, 25 de septiembre de 2016

Sin ninguna razón.


Agricultor

Me gusta el hombre que ara la tierra,
que monta a caballo.

Que ensucia sus manos
y descubre el don de la vida,
que cultiva.

El hombre que entrega su corazón en todo lo que hace.

El que no tiene un semblante fino,
ni las manos suaves,
me gusta aquel que tiene en su mirada el paisaje,
entre sus labios la paz, la quietud.

Que sabe disfrutar del mismo paraje una y mil veces,
y al volver encuentre en él
siempre algo diferente.

Me gusta el hombre que se sabe hombre
al lado de una mujer.
El de corazón noble,
el agricultor de mi tierra,
que respeta la vida, y la da.