Tiene 27, pero su rostro pinta de 23.
Tan perfecto como lo imaginé, un poco más delgado y más joven (no todo es como lo vemos al primer hervor). Un caballero por completo, sencillo y alegre, me sirvió algo de beber y comenzó una madrugada de confesiones y tonterías. Entre risas me enseñó a oler un buen vodka, y entre tragos me fue narrando sus anécdotas de una adolescencia rebelde y desatendida.
Cayó el amanecer sobre nuestro horizonte, avanzamos hacia el jardín. Rodeó mi cintura por detrás con sus brazos sujetándome en un fuerte abrazo, acomodando su cabeza sobre mi hombro. Era tan alto, tan joven. Y susurrando a mi oído me hizo girar muy despacio entre sus brazos "te podés quedar..." un beso furioso nació en su boca, obsequiando un mordisco tremendamente erótico a mis labios. Sucumbí entre sus brazos. Y mis manos lentamente se deslizaron hasta encontrar su rostro y recorrer su cuello. Sus manos se perdieron entre mi cabello, descubriendo mi espalda, volvió a fundirme entre sus brazos con una fuerza brutal y sensual, hasta posar sus manos sobre mis caderas, más abajo. Reinventando aquel primer beso, mordía mis labios, los besaba, los lamía y volvía a empezar.
Me empujó lentamente por el corredor y la sala, con su cabeza sobre mi hombro izquierdo, y sus brazos rodeando mi cuerpo ansioso, "adivina cual es mi habitación...", le contesté con una sonrisa tomándolo de la mano encaminandolo hacia la última habitación del corredor, "es la más vacía y la más ordenada, porque ya no vives aquí..." Entre risas se tiró sobre la enorme cama, buscando mi mano para llevarme cerca de él. Lo vi, ahí mismo, la esplendida sonrisa que deseé desde el primer momento en que lo vi (sin conocerlo siquiera), y poco a poco me acomodé sobre su cuerpo, tal como él me lo pedía. Me lo comí beso a beso, a mordiscos lentos, fuertes y suaves, embistiéndolo entre mis piernas, él sonriendo se apartaba mi cabello del rostro.
Me desnudó de inmediato, pero con arte y paciencia, me besó por completo, acariciando a lo largo y ancho las curvas de mi cuerpo, redibujando mi anatomía entre sus manos, con sus yemas, como si me pintará paisajes en la piel. Me colocó a un lado de su cuerpo, su pecho desnudo, tibio, varonil y delgado, y llevó su mano lentamente hacia mi sexo. Entre un húmedo y prolongado beso, comenzó suavemente a masturbarme, con delicia, con romanticismo, tanto que olvidé su cuerpo y el mío. Me enganché a su cuello, tan pequeña, y acurruqué mi cabeza sobre su hombro en un prolongado gemir, su mano penetró entre mis piernas, mientras con su otro brazo me rodeaba la cintura para mantenerme cerca de su cuerpo. Sentí como corrieron sus dedos por mi instinto, y sentí como mojaba sus sentidos, volvió a besarme con alevosía. Se giró despacio, acomodándose con calma entre mis piernas, dejando venir su peso sobre mi cuerpo "suave... suave" le pedí entre gemidos intermitentes, "lo se... me lo has dicho siete veces ya, mujer..." me contestó con esa sonrisa que adoro, mirándome fijamente a los ojos, sonrisa que aprovechó para enlazar su sexo al mío.
Y sentí llegar su calor, un suave ardor que pronto encendió como minas las profundidades de mi cuerpo, despertó a la mujer, a la fiera hambrienta de su sexo, y fue aquel fuerte gemido el que le exigió más una y otra vez. Mis manos buscaron sus muslos, presionándolo hacía mi... y su grosor quedó empapando las paredes internas de mi ser. Me llevó al borde de su cama, y me giró con un sólo movimiento "finalmente... el famoso tatuaje"... haciendo referencia a la mándala celta dibujada en mi espalda. Se vino su embestida, suave pero certera, y cayó rendido sobre mi espalda, penetrando con fuerza, los gemidos escaparon inevitablemente de mis labios. Volvió a girarme, y con un beso apasionado me levantó entre sus brazos.
Parecía interminable, tanto placer. Y mi pensamiento se tornó hacia un sólo pensamiento "el mejor amante que he tenido en mi vida... el mejor". Se tendió sobre la cama y volvió a pedirme que montará sobre su cuerpo, entre húmedos besos, el respondía con ardor entre mis piernas, sujetándome con fuerza entre sus brazos, "puta sonrisa, como me encanta..." le confesé nuevamente entre gemidos... él apartó con delicadeza mi cabello contestando "dame de tu magia, mujer... haceme terminar"... Y juntos nos deslizamos sobre un prolongado beso que culminó en un grito de conquista, entre mis piernas sentí correr su valor. Cálido. Delicioso.
Aún siento las yemas de sus dedos acariciando mis muslos, haciendo amplios círculos, acariciando. Mis labios se posaron en sus hombros, en besos cortos... buscando morir en sus labios al finalizar.
No brincó de la cama. Recogió mi ropa y la acomodó sobre su buró, me preparó un rincón de su cama, una vez nos aseamos las ganas. Me acurruque a su lado intentando disimular mi inseguridad en timidez, y nuevamente me desnudo el alma, cuando me acercó a su cuerpo dejando caer su brazo sobre mi cuerpo... "que descanses, mujer..."









