- Te he visto en alguna parte, sabes...
- ¿Cuál es tu nombre de pila? - pregunto sonriendo, evadiendo su galantería -
- Me llamo Joaquín. Así me gusta.
- Mmm... - me lo pienso un rato, mientras él mira hacia los lados en alerta - Quinquin.
- ¿Quién? - entre risas se acerca un poco más -
- Quinquin. Y así con sílaba repetida, el doble de bien - se sonroja llevando la mano a su barbilla -
- ...¿Qué más?
- ¿Qué signo sos? - llevando la taza a mis labios para dar un sorbo, preguntando por preguntar, sin retirar mis ojos de su mirada -
- Géminis.
- La dualidad - sin fingir mi sincero rechazo inmediato -
- ¿La dualidad? ¿Cómo así? - atento a una respuesta -
- ...El signo dual.
Lleva una camisa manga larga a cuadros azules y grises, colores que le van muy bien a su piel trigueña. Un jeans ajustado, haciéndole ver más alto, más fornido. Botas oscuras, entre sucias y nuevas. El cabello al natural, y la sonrisa desnuda. Pero al otro que yo veo, a penas y se asoma a mis dedos.
Uno de ellos es romántico, detallista y puntual. Es atento, es religioso y enigmático. Nada diferente ni especial a otros hombres intelectuales, pero es él. El único, aunque hubieran mil hombres más en la misma sala, no podría notarlo si cerca de mí está él.
El otro es escurridizo, lleno de miedos y excusas, un mentiroso natural. Pero que habla a través de sus labios, con su voz. Este no canta, no profundiza, no entiende y se resiste. Es individualista y me rechaza.
Estoy entre ambos. Sin romperme. He descubierto al segundo hasta hace muy pocos días, y como a un animal carroñero le vi llegar sigiloso en la penumbra las noches... Mientras él dormía entre mis brazos. Dejé de estar asustada mucho tiempo atrás. Dualidad. Un hombre hecho de facetas, a veces sueña, otras veces desea. Va y viene, canta y vuela.
- Debes entender que no soy solamente una mujer que te desea... Soy una mujer a la que le preocupas... - le susurro mientras duerme -
Es como haberlo conocido de toda una vida. Como alguien que solamente dejaste de ver por un tiempo y se reencuentran. Y todos me responden, que es el sentimiento normal cuando estás enamorándote. Luego lo busco entre la gente, él me encuentra, y despiertan todos los recuerdos que aún no hemos vivido. Y me late dentro del pecho, como un aguijón con suave miel, endulzando y envenenando mi sistema.
- (Me llama por mi nombre)... Cuéntame de tus viajes... ¿Cómo es Argentina?... Háblame de Los Andes...
Repasando una y otra vez las mismas fotografías. Varían los relatos, pues tenerlo a mi lado y contarlos de nuevo es como haberlos vivido con él. Y se nos van las horas, hablando de Argentina, de música, del mate, de Pedro Aznar y de Jorge Drexler.
Hasta que le brinca del pecho aquel desconocido, frío y ambiguo. Lejano, ajeno. Y me quedo con las palabras entre los dedos y los labios...
- Joaquín, háblame de Barcelona...
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