domingo, 10 de enero de 2016

(Intruso)

Frágil.

Cuando caminás sobre surcos de piedra, vereda abajo con los pies descalzos, hacia el río. Palpas las texturas a cada paso, absorbidas por la planta de tus pies. La tierra húmeda, suelta, las hojas secas y las que recién han alfombrado el camino al atardecer, las ramas, las raíces, las semillas y la piedra laja. 

Es más fuerte que la misma desnudez, esa indescriptible sensación de abismo. Flotas, sin despegar tus pies de las texturas. Estás doblemente desnudo, expuesto. Es el contraste de la materia, la sinergia de la búsqueda y la perdida. 

Vas descalzo, no puedes correr. Abrazando tramo a tramo, con las plantas de tus pies.


Desnuda.

Estoy frente a al espejo, ahí con el cabello recogido en la toalla, tal cuál soy. Frente a mí misma, casi al natural. Puedo contar hasta mis cicatrices. Los gestos más definidos en el rostro: la risa, el llanto. 

No es miedo a seguir envejeciendo, el que tengo. Es miedo a ser esa que veo, y hasta cierto punto sentirla ajena.




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